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Mario Perniola
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MARIO PERNIOLA, Jean Baudrillard 2


El futuro de una ilusión: acción artística, comunicación, patafísica.
in "Archipiélago" n. 79, diciembre 2007,  Jean Baudrillard: Desafío a lo real

Con respecto a la noción de ilusión, Baudrillard lleva a cabo una operación similar a la realizada por Freud en su famoso ensayo El porvenir de una ilusión: eso sí, mientras que Freud concentró su atención sobre la ilusión religiosa, lo que le interesa a Baudrillard es la ilusión artística. Para ambos, con todo, la ilusión no es un error , dado que no se ubica sobre un plano cognoscitivo; su fuerza no depende de su verdad, sino de las pulsiones que empujan a la acción: resulta típica para Freud, en este sentido, la ilusión de Cristóbal Colón, que creía haber descubierto una nueva ruta para las Indias. Justamente debido al énfasis que Baudrillard pone sobre el aspecto mágico-ritual del arte, su discurso se configura como una ampliación hacia lo artístico de la problemática freudiana sobre la religión. Por lo demás, esta vía ya había sido señalada por el propio Freud cuando, citando a Goethe, había establecido una relación entre religión, arte y ciencia: las satisfacciones que el arte ofrece a los hombres –afirmaba Freud– son ilusiones que se contraponen a la realidad, pero no por ello resultan psíquicamente menos eficaces .
 
Con respecto a Freud existe sin embargo una diferencia: mientras que para éste lo importante es el deseo, la manera de sentir que se encuentra en el origen de la ilusión religiosa, para Baudrillard lo esencial es más bien "el encadenamiento inmanente de signos arbitrarios" , la regla, el ritual, que es condición de posibilidad de la ilusión artística. La noción de ilusión debe despojarse pues de todas las connotaciones subjetivas que le había adherido la modernidad, y habrá de reconducirse al significado originario de ludus, de regla del juego. El pensamiento de Baudrillard no es en absoluto una filosofía del deseo.

Ello nos permite comprender una de las ideas más difíciles y oscuras de su reflexión, la de estrategia fatal. Resulta preciso ante todo despojar la palabra estrategia de todas las connotaciones subjetivistas que evoca. Estrategia para Baudrillard no es un proyecto o un plan de acción elaborado por un individuo. Aquí viene en nuestra ayuda la filología griega: στρατηγια forma parte de una familia de palabras que proviene de στρατος, término que denota el ejército acampado, instalado, por lo tanto no en orden de combate. Si profundizamos la investigación en el marco semántico-conceptual del indoeuropeo, descubriremos además que esta palabra nos remite a una raíz que denota la idea (no necesariamente militar) de la extensión. La estrategia por consiguiente no pertenece a la intención de un individuo, sino que es una concatenación de elementos externos a la voluntad subjetiva, es decir, es un sinónimo de regla y de ritual. Tal concatenación no es necesaria, ni casual, ni teleológica, ni fortuita, en el sentido de que es un rito sin mito, un significante sin significado; pero puede convertirse en fatal: ¿qué hemos de entender con esta otra palabra? También aquí el uso que ha hecho de ella la filosofía moderna –desde el amor fati de Nietzsche al Geschick de Heidegger– resulta desorientador. Creo que fatal en Baudrillard cobra un sentido negativo, ligado al mal, funesto (como cuando Horacio, refiriéndose a Cleopatra, la llamó fatale monstrum).

Para Baudrillard "todas las cosas están llamadas a encontrarse, sólo el azar hace que no se encuentren" . Esto es lo contrario de la idea de hasard objectif, azar objetivo, de los surrealistas: en un mundo dirigido por la casualidad, ellos trataban de atribuirle a ésta un significado y un valor recónditos, independientes de las intenciones y de la voluntad subjetivas, que descubriera en ella una trama oculta; una especie de astucia de la razón (List der Vernunft) hegeliana. Baudrillard, por el contrario, da por supuesto desde el principio que las cosas se encuentran unas con otras; tal encuentro carece de todo significado: no es en absoluto una concatenación providencial, sino ritual. Mas de vez en cuando las cosas no se encuentran: nos hallamos entonces ante la situación desagradable, mala, de un rito truncado.

Procuraré aclarar la dinámica de la estrategia fatal con cierta historieta referida a una sociedad, la japonesa, sobre la que Baudrillard ha escrito páginas bien agudas . En Japón está vigente un ritual según el cual la persona que llega a vivir a un apartamento debe presentarse con un regalo, durante el día en que toma posesión de su alojamiento, a todos los demás habitantes de su edificio. Este rito no tiene ningún significado, esto es, no implica que se establezca una relación de amistad. Es más, la cantidad de reverencias con que se acompaña subraya la distancia que debe permanecer entre aquellos que se hallan en una relación de vecindad forzada. Es una estrategia en el sentido que Baudrillard asigna a esta palabra. Cuando recientemente también yo tomé posesión de un apartamento japonés, me sometí muy a gusto a la ejecución de tan refinado ritual, que demuestra la permanencia de una sociedad sumamente estética en aquel lejano país. Pero la casualidad quiso que la persona que vivía en el apartamento más cercano al mío, justo delante de mi puerta, fuese aquel día ocasionalmente la única que se encontraba ausente. No sólo, sino que durante todo el período de mi estancia en Japón, que se prolongó a lo largo de tres meses, jamás me encontré con esta persona, si bien podía oírla ir y venir y moverse en su apartamento, contiguo al mío. Mientras todos los otros inquilinos del edificio se me presentaron en una visión escénica de hondo calado estético, esta otra persona se me presentó en la forma fatal de la desaparición radical. Con todo, dejo imaginar a los lectores la fascinación que ejerció sobre mí este encuentro jamás realizado.

     
    2. ¿La comunicación es una ilusión?

La ilusión estética, no obstante, se ha convertido para Occidente en algo propio del pasado. Vivimos por doquier, según Baudrillard, la desaparición de la ilusión y el hundimiento en lo real. La distancia estética sobre la cual se sostenía el ritual se ha anulado por la cancelación de la escena y por la aniquilación de las mediaciones, sean del tipo que sean (artísticas, políticas, sexuales). El análisis de Baudrillard va pues en una dirección totalmente diferente a la que tomaba en Guy Debord: el mundo actual no estaría caracterizado por el triunfo del espectáculo, sino más bien por su desaparición: la escena se sustituye por lo obsceno, el lugar de la ilusión es ocupado por algo que pretende proporcionar un efecto de realidad mayor que la experiencia de la realidad (y es por ello hiperreal), cada evento resulta anticipado y anulado por la publicidad, por las encuestas, por las anticipaciones, que impiden que sea sentido como tal. De ahí deriva el que la acción se convierta en algo imposible; a la acción sucede la comunicación, la cual logra precisamente que cada cosa se precipite en lo insignificante, en lo insustancial, en lo irrisorio. En efecto, en el mundo de la comunicación, no sucede ya nada: todo está ahí sin consecuencias, dado que carece de premisas; susceptible de ser interpretado de todos los modos posibles, pero igualmente irrelevantes y carentes de efectos todos ellos. La época de las anomias, de las desviaciones, de las transgresiones ha pasado. Bajo este punto de vista, Baudrillard no dice nada distinto a todos cuantos, comenzando por Heidegger y Adorno, han señalado la ineluctable pendiente nihilista por la cual Occidente se precipita sin descanso. Sin embargo, con respecto a la crítica filosófica del nihilismo, el análisis de Baudrillard se distingue por el hecho de que no sólo pone su acento sobre la ausencia de significado, sino también sobre la ausencia de acción.

Las figuras propias de la comunicación son figuras de la imposibilidad de la acción: el obeso, el rehén, lo obsceno . El incremento cuantitativo ilimitado produce la obesidad de la comunicación, que destruye toda forma (comenzando por la del cuerpo): la obesidad comunicativa es hipertrófica, proliferante, ilimitada; el crecimiento no es ya fisiológico, sino patológico: no es desarrollo, sino metástasis. Otra figura de la imposibilidad de la acción es el rehén, no sólo, obviamente, por el hecho de que esté prisionero, sino sobre todo porque se halla impedido durante cualquier acción de rescate. Su existencia no depende ya –como sí ocurría en el pasado– de una negociación, en la cual también él puede intervenir, sino de las manipulaciones externas de los medios de comunicación, a los cuales les resulta enteramente indiferente la cuestión de su salvación. Los medios, además, nos inducen cada vez más a creer que nuestra seguridad está amenazada y que todos nos encontramos en la situación de rehenes potenciales, colectivamente responsables. El terrorismo por ello no pertenece únicamente a los terroristas, sino que constituye un aspecto esencial del chantaje comunicativo que nos mantiene a todos en una condición de coacción moral: el hecho de que haya desaparecido toda posibilidad de acción conduce en efecto, y a la vez, a una condición de inocencia generalizada que se transforma en un estado de culpabilidad igualmente generalizada con respecto a cualquier incidente o irregularidad, por mínimos que estos sean. Por último, también lo obsceno es una figura de la imposibilidad de la acción. Contrariamente a lo que ocurre con la seducción, que requiere deseo y acción, lo obsceno paraliza porque nos da ya todo como si estuviese completo y realizado. Aquí reside la diferencia entre erotismo y pornografía: el primero pertenece al mundo de la ilusión (y por lo tanto del arte, de la mirada y de la acción ritual), la segunda al mundo de lo hiperreal, de lo comunicativo, de la insulsa pretensión de una transparencia y una inmediatez absolutas. El resultado de lo obsceno es, al cabo, el final de la sensualidad. Baudrillard usa la noción de obscenidad en una acepción notablemente vasta, que acaba por incluir toda visibilidad privada de mediación y el mundo de la comunicación tout court. Lo que caracteriza a éste es una promiscuidad total en la cual se anegan el conocimiento y la experiencia de los opuestos: cada cosa aspira a ser también su contraria. La contradicción, que para Hegel y para Marx era el motor de la historia, sufre una especie de cristalización que la vuelve inefectiva y obscena. Todo lo que estaba incluido en alguna oposición definida pierde su significado al resultar indistinto con respecto a su contrario: lo real absorbe, confunde los términos opuestos, al potenciar ambos a la vez de un modo insensato .

La condena emitida por Baudrillard hacia el mundo de la comunicación de los medios de masas es tan radical e inapelable como la de Debord. Se podría argumentar que ambas se corresponden con dos fases diversas del proceso de autodestrucción de la civilización occidental: la crítica de Debord reflejaría la fase espectacular de las décadas de 1950 y 1960, mientras que la crítica de Baudrillard se centraría en la fase obscena de los años 1970 y 1980. Persiste con todo una diferencia entre estos dos autores: a primera vista, se trata de una diferencia que concierne a la imagen pública que cada cual daba de sí mismo: Debord se presentó como inaccesible, inalcanzable e intratable; por el contrario, Baudrillard como disponible, sociable y al alcance de la mano. Sin embargo, la verdadera diferencia no reside aquí, sino que precisamente atañe más bien a sus respectivas teorías de la ilusión.

Mientras que para Debord el espectáculo no es ya capaz de suscitar ninguna atracción, para Baudrillard lo obsceno de la comunicación parece poder ejercitar aún cierta fascinación. Surge por ello la siguiente pregunta: ¿La comunicación es una nueva ilusión que ocupa el lugar de la ilusión artística? ¿Lo obsceno posee una potencia propia como reclamo? O, en otras palabras, ¿la crítica de Baudrillard a la comunicación es menos radical que la de Debord?    

En mi opinión, el problema no debe plantearse de esta forma tan brutal e ideológica. Hay un pasaje de Baudelaire sobre la ilusión que ayuda mucho a comprender la actitud de Baudrillard ante la comunicación. Escribe Baudelaire:

Las ilusiones [...] son quizás tan innumerables como las relaciones de los hombres entre sí, o entre los hombres y las cosas. Y cuando la ilusión desaparece, es decir, cuando vemos la cosa o el hecho tal y como existen fuera de nosotros, notamos un sentimiento extraño, una mezcla en parte de lamento por el fantasma desaparecido, en parte de agradable sorpresa ante la novedad, ante el hecho real" .

Dentro de lo que Baudelaire llamaba "la vida moderna de las metrópolis", es posible por lo tanto sentir un sentimiento extraño que no es solamente nostalgia con respecto a la ilusión. Y bien, del mismo modo en Baudrillard existe un sentimiento extraño con respecto a la comunicación: un sentimiento que no sólo está compuesto de un lamento por la ilusión artística perdida, sino también de una especie de fascinación ante tal comunicación. Esa fascinación no es estética, sino estática; por consiguiente, no lleva a la acción, sino a un estupor vertiginoso frente a aquello que es más real que lo real. Se trata de una fascinación que posee un carácter patológico, próximo a la psicosis, tal y como la describió y analizó Lacan. Baudrillard ha dedicado gran atención al análisis de esta patología. No obstante, me parece que el 11 de septiembre abrió una nueva fase en su reflexión, inmune a la fascinación estática frente a los medios de comunicación. "Los eventos", escribió, "han dejado de estar en huelga" : no existe un uso bueno de los medios de comunicación, los medios de comunicación forman parte del evento, forman parte del terror, y juegan en un sentido o en otro. Así pues, la comunicación, que no ha sido jamás una ilusión estética, cesa asimismo de suscitar una fascinación estática. Traducción de Miguel Ángel Quintana Paz
 



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