Monday, 23 April 2018 06:00

Arte Moderno 1

MARIO PERNIOLA,  Idiocia Y Esplendor Del Arte Moderno 1

LA SACUDIDA DE LO REAL
              En la aventura artística de Occidente se pueden destacar dos tendencias opuestas: una va encaminada a la celebración de la apariencia, la otra se orienta a la experiencia de la realidad. La primera tendencia ha concentrado su atención en los conceptos de separación, de distancia, de suspensión, y ha considerado la actitud estética como un proceso de catarsis y desrealización. La segunda tendencia por el contrario ha concedido un especial énfasis a la idea de participación, de implicación, de compromiso, y ha pensado el arte como una perturbación, una fulguración, una sacudida. Grosso modo, en la primera tendencia situaríamos a quienes consideran que la tarea del arte es alejamos de la realidad y liberamos de su peso, y en la segunda tendencia a aquellos que atribuyen al arte la función de proporcionamos una percepción más fuerte e intensa de la realidad. Estas dos tendencias opuestas se han enfrentado y combatido en la historia cultural de Occidente sin que ninguna de ellas haya logrado nunca obtener una victoria definitiva sobre la otra.  Sin embargo, gracias a esta contienda, ambas han ido renovándose constantemente, presentándose a cada momento con caracteres nuevos e inéditos.
              La primera tendencia ha encontrado en el desarrollo de los medios de comunicación de masas un poderoso aliado: la idea del espectáculo social, la poética de lo efímero, la expansión y la comercialización del tiempo libre han favorecido el aspecto hedonístico y recreativo del arte. Esto se ha manifestado ampliamente a lo largo de los años ochenta como recuperación de las formas tradicionales de la pintura, de la literatura, de la arquitectura y de la música, como solemnización de la cultura popular, como ”pensamiento débil”, ”postmodemidad”, ”transvanguardia”.  Posteriormente, el concepto de virtualidad ha abierto un nuevo frente de problemas, que a primera vista parece ofrecer elementos a favor de la desrealización y del alejamiento de lo real.
              Pero al mismo tiempo hemos asistido a la aparición y a la difusión de una sensibilidad artística de signo opuesto, que se ha configurado como una auténtica irrupción de lo real en el mundo enrarecido y fuertemente simbólico del arte. La atención de los artistas se centra en los aspectos más violentos y crudos de la realidad.  Los temas de la muerte y el sexo son los que adquieren el máximo relieve.  No se trata - como en el pasado - de una representación lo más realista posible de esta realidad, sino de una exposición directa y casi desprovista de mediaciones simbólicas de hechos que suscitan zozobra o repugnancia, cuando no escalofríos y horror.  Las categorías de lo desagradable y de lo abyecto entran con fuerza en la reflexión estética, que se ve obligada a abandonar el ideal de una contemplación pura y desinteresada en favor de una experiencia turbadora en la que se mezclan y confunden repulsión y atracción, miedo y deseo, dolor y placer, rechazo y complicidad.  El cuerpo parece conquistar así el máximo relieve, pero ya no se pone el acento en la bella apariencia de las formas, sino en lo que amenaza y compromete su integridad bien mediante penetraciones, desmembramientos, disecciones, bien mediante prótesis, extensiones, interfaces. En efecto, la realidad que irrumpe y trastoca el mundo del arte no es sólo aquella que radica en la dimensión antropológica, sino también y sobre todo el más extravíos inquietante de los dispositivos tecnológicos y económicos.  El lugar decisivo de este realismo extremo se convierte así en el encuentro entre el ser humano y la máquina, entre lo orgánico y lo inorgánico, entre lo natural y lo artificial, entre la pulsión y la electrónica, entre la persona y la mercancía.  El núcleo duro de lo real con el que estamos obligados a enfrentamos es el cyborg, la cobaya, la moneda viviente, el capital humano.  La idea de virtualidad, que a primera vista creíamos conectada con la tendencia espectacular y desrealizadora del arte, asume por consiguiente un significado opuesto: el cuerpo virtual, invadido y diseminado en las redes, se convierte en un objeto extremadamente ajeno e inquietante, irreductible a la dimensión imaginaria y a la simbólica.
              Lo que caracteriza a esta realidad es la coincidencia de máxima efectividad y de máxima abstracción: en otras palabras, no hace sino llevar a sus últimas consecuencias ese proceso de alienación y extrañamiento que constituye el motor de la modernidad. No transitamos por ninguna senda marginal, sino por la vía principal del pensamiento occidental, en el punto más avanzado de su recorrido, a lo largo de una frontera que sólo está pidiendo que la superemos. De donde el carácter eminentemente experimental y pionero de las experiencias estéticas que hoy se acogen a la categoría del ”realismo”.  Ese realismo que ha sido definido como ”posthumano” (Por Jeffrey Deitch), ”traumático” (por Hal Foster), lipsicótico” (por mí mismo) parece tener poco que ver con lo que hasta ahora se entendía por tal término.  Lo que ha cambiado no es, sin embargo, la voluntad de proporcionar una exhibición de lo real, sino la idea misma de realidad, que hoy nos parece, al mismo tiempo y contradictoriamente, más pobre y más rica que nunca. Lo que se puede interpretar como extrema miseria y estupidez, esto es como idiocia; o bien como extrema suntuosidad y derroche, o sea como esplendor.


Traducción: Alfredo Tabema
In ”La Fundación Cultural” Santiago del Estero (Argentina)     
Nº 18 Marzo 2004


 

 

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