Wednesday, 30 November -0001 00:00

PEDRO ALZURU, La sexualidad inorgánica 1

Sentir y perversión en la estética de Mario Perniola

Dentro de la estética de finales del siglo pasado, un grupo de autores cuyo propósito ha sido la
redefinicion de los estudios estéticos en diálogo con la filosofia y las ciencias sociales, han tenido
como denominador común el dirigirnos paulatinamente, en esta redefinición, a concebir la estética
como una ciencia del sentir. Antecedente de estas propuestas son por supuesto los ensayos que
Freud dedicó explícitamente a lo artístico y a fenómenos de la vida cotidiana como el humor y los
actos fallidos, sin embargo toda la obra de este autor ha sido criticada por su pansexualismo y por
ello sus propuestas no han dejado de ser repensadas mas allá del ámbito psicoanalítico, en la
filosofía, en las ciencias sociales  y en la estética en particular.
A partir de Freud, y no necesariamente en acuerdo con sus ideas, se puede trazar un itinerario de
autores cuyas obras argumentan en torno a la definición de la estética como ciencia del sentir,
entre ellos están Bataille, Blanchot, Klossowski, Lacan, Deleuze, Guattari, Perniola. Sin olvidar la
importancia que Nietzsche le da al cuerpo y a la tierra en toda su obra.
Encontramos en Mario Perniola, sin duda, uno de los más importantes exponentes  actuales de
esta tradición, en sus obras se discuten estos autores confrontándolos con el arte y la cultura
contemporánea y formando a partir de esta confrontación propuestas teóricas muy pertinentes.
Su teoría de Il Sex appeal dell`inorganico (Perniola,1994, tr. esp. El sex appeal de lo inorgánico, translated by Mario Merlino, Madrid, Trama, 1998.), es una de estas propuestas. Según ella, al sentir se impone en la actualidad, la experiencia radical y extrema de darse como una cosa que siente y recibir otra cosa que siente. Esta experiencia tiene su fundamento en el encuentro entre filosofía y sexualidad, clave que nos permite entender las manifestaciones tan diversas de la cultura de hoy. Para que confluyan estas dos dimensiones aparentemente opuestas, el modo de ser de la cosa y la sensibilidad humana, es necesario aliar, hasta hacerlas indistinguibles, la abstracción más distante y la excitación mas desenfrenada, esto es precisamente lo que Perniola llama el sex appeal de lo inorgánico, bajo la guía de  Walter Benjamin.
Esta alianza entre los sentidos y la cosa, consentiría el acceso a una sexualidad neutra en la que
se suspende el sentir sin anular la sensibilidad, en una experiencia liberada del intento de lograr el
objetivo que se le ha supuesto natural y lógico: el orgasmo. Mientras se piensa la sexualidad como
una experiencia que se concluye con el orgasmo se cierra la posibilidad del sentirse una cosa.
Liberarse entonces de la orgasmomanía es la primera condición para alcanzar la sexualidad neutra
de la cosa que siente; para emancipar la sexualidad de la naturaleza y las diferencias de sexo,
forma, apariencia, belleza, edad, raza.
En su búsqueda de sí mismo el hombre se ha confrontado con Dios y con el animal. Definiéndose
como casi  Dios, en un movimiento ascendente, definiéndose como casi animal en un movimiento
descendente. Estas confrontaciones estarían agotadas y tocaría ahora, en un movimiento horizontal,
confrontarse con una alteridad más radical que lo divino y lo bestial: la cosa. Hasta ahora esta
confrontación se ha resuelto de una forma apresurada, estableciendo el sentir como el rasgo que
diferencia al ser vivo de lo inanimado, de la cosa. Si pensamos al hombre como una cosa sensible,
sin embargo, concentramos en él todo lo sobrehumano y todo lo infrahumano, le concedemos un
sentir extremo.
Para Descartes la mente es una cosa que piensa y el cuerpo, en tanto que máquina, es una cosa
que se mueve; solo el yo, conjunto de mente y cuerpo, siente y piensa. El sentir implica la unión de
los opuestos espíritu y cuerpo, mente y máquina, quien siente es el yo, y siente porque piensa,
sentir en su subjetividad autoevidente no es sino pensar, la cosa que siente finalmente es la mente.
Ahora, si decimos que el hombre es una cosa que siente estamos subrayando lo que siente y el
sentir de esa cosa, la cosa y el sentir ya no son considerados en función del sujeto pensante. Para
llegar a esto, a partir de la reflexión cartesiana, Perniola se pregunta: ”¿Si al sentir le sea implícita
y esencial una dimensión neutra que nos obliga a decir; `se siente`, pero nos impide decir; `yo
siento`?, ¿Si toda tentativa de decir; `yo siento` se resolviese fatalmente en un `yo pienso`?” (Ibíd.,11).
No se trata, desde esta perspectiva, de reivindicar contra Descartes los derechos del cuerpo,
reconocerle su evidencia sensible ante la indebida apropiación que de ella ha hecho la mente, esta
ha sido la solución sensista que reduce el conocimiento a sensación. Pero si aceptamos que la
cosa que piensa es la mente  y no el cuerpo, dejamos de lado lo que ocurre en la cosa que siente
antes de que llegue a la cosa que piensa, nos olvidamos de la superficie, del vestido, de lo externo,
del sentir antes del pensar. Es esto último lo que interesa a una teoría de la sexualidad neutra, con
el propósito de entender el acontecer artístico cultural contemporáneo.
No es el yo o el tú sino el cuerpo la cosa que siente, esta es la sexualidad neutra, inorgánica, sin
alma y sin vida. Es este sesgo en la interpretación de lo sensible lo que nos aproxima a una
sexualidad sin orgasmo, una sexualidad que, paradójicamente, nos aleja del vitalismo y su
exuberancia animal así como del espiritualismo y su exaltación del alma y nos acerca a la
abstinencia, a la experiencia límite de los cuerpos que mutuamente se ofrecen en una excitación
impersonal que los recorre, los penetra,  tomándolos como  pura exterioridad, pura superficie.
Como si en la sensibilidad contemporánea se extendieran progresivamente, por esta su condición
artística, estética, comunicacional, los rasgos de la toxicomanía: la oposición al orgasmo, la
importancia de la percepción de las cosas, la despersonalización y la suspensión de la subjetividad,
el desarrollo de lo poético como palabra impersonal y autónoma, semejante a una cosa que se
expresa sin estado de ánimo, involuntariamente. Con la diferencia que esta dependencia, esta
necesidad que no se satisface, se despatologiza, contamina sectores cada vez más amplios de la
sociedad, hace innecesario el viaje al infierno. Esta tonalidad que adquiere la sensibilidad
contemporánea hace pasar, en su mutuo interpelarse, la filosofía y el sexo –o más bien los confirma
en este su espacio por definición–, de la parte de la transgresión, a la experiencia extrema de la
sexualidad neutra donde es soberana la cosa sensible, arrastrando la mente y el cuerpo, quitándole
el protagonismo a Dios, al animal y al sujeto.
Ciertamente considerar al otro como una cosa, rasgo esencial del totalitarismo político y de algunas
instituciones, aun en regímenes democráticos –es lo que ocurre en el matrimonio, por ejemplo, que
se funda en el derecho de disponer de la persona en su totalidad–, parece degradante y despreciable.
El devenir asunto del que estamos hablando, tendencia que evidentemente podemos ver en el arte
y la cultura contemporánea, supera este envilecimiento porque no se caracteriza por la astucia, es
un igual darse el uno al otro como cosa que siente con la determinación de recorrer juntos los
espacios infinitos abiertos por este devenir. Si queremos seguir hablando, en esta situación de
pareja o de matrimonio, debemos darle a sus miembros los rasgos de la cosa, lo cual cambia
radicalmente el significado de estos términos. En todo caso esto nos llevaría a la situación crítica
de la pareja inmersa en la cultura contemporánea, lo cual excede los límites de esta reflexión.
La sexualidad neutra de que hablamos, aunque tiene que ver con la perversión no debe confundirse
con el sadismo, con la introducción de la alternancia en la relación amo-esclavo. El sadismo
supone un sujeto fuerte, amo de sí mismo, que domina al otro, que no le reconoce al otro el
derecho, la posesión de la ley. El desafió de la sexualidad inorgánica se dirige antes que nada al sí
mismo, es la ascesis que exige el devenir cosa para ofrecerse y recibir otra cosa que se ofrece,
esto no puede hacerlo ni un sujeto que se cree Dios ni un sujeto que enmarca su relación con los
otros en un contrato. Por esto último, tampoco debe confundirse con la prostitución o con la
política. De la sexualidad neutra esta más cerca el asceta que el promiscuo, aquél –artista, filósofo,
cualquiera– que rompe el contrato y la astucia con el exceso extremo del desafío: ”haz de mí lo que
quieras, si eres capaz de ofrecerte a mí del mismo modo”, frase que puede resumir el film El
imperio de los sentidos (Nagisa Oshima,1976). De entenderse este como un sadismo habría que
decir que no se trata de un sadismo criminal sino de un sadismo mutuamente consentido, pero ni
siquiera de esto se trata ya que el desafío antes enunciado rompe el círculo vicioso de la búsqueda
de experiencias sexuales siempre nuevas con la experiencia neutra e impersonal de la cosa que
siente, sustrayendo la sexualidad al sadismo y al vitalismo. El exceso extremo está ya en el
devenir cosa sensible del sujeto, ello implica la radical negación del sujeto individual y colectivo, la
cosa sensible no dice ”yo siento” ni  ”nosotros sentimos” sino ”se siente”, la cosa sensible no pasa
la vida como un martirio que se alivia con la pequeña muerte en compañía, no es prisionera de una
identidad de la cual  quiere salir a cualquier costo (Perniola, Ibíd.,27-35).
La cosa sensible que deviene el sujeto no es un cyborg, una criatura del imaginario de la ciencia-
ficción donde se mezclan lo orgánico y lo inorgánico, lo antropológico y lo tecnológico, lo natural y
lo artificial, en un sentir que no es todavía humano o que ya no es humano. La sexualidad neutra no
implica una mutación antropológica, no se sustrae a la finitud de la linealidad temporal mediante la
sustitución de los órganos con aparatos artificiales. Aunque el cyborg o el replicante es una cosa
que siente, le falta la artificialidad sin objetivo y sin límite de la sexualidad neutra, ésta se basa en
la tendencia del hombre –exacerbada en la cultura contemporánea– hacia la artificialidad, el exceso,
la virtualidad. Entendiendo esta última como el ingreso en una dimensión que no imita la realidad,
la amplía, con el propósito de mantener constantemente a nuestra disposición la excitación sexual,
sustrayéndola al ciclo deseo-orgasmo-relajamiento. El cuerpo como cosa sensible se advierte en
experiencias tales como: cuando una parte del cuerpo del otro es objeto de una inversión sexual
extrema que la separa del resto, desexualizando los órganos sexuales y sexualizando los otros
órganos, atribuyéndoles una sensibilidad autónoma; cuando el cuerpo entero, ya no una parte, es
percibido como una extensión de otro cuerpo, ambos desubjetivados, borrándose el tú, el yo y el
nosotros, convirtiéndose todo en una cosa; en una suspensión de todos los sentidos menos de
uno, por ejemplo del tacto, un devenir exclusivamente tacto, compensar la suspensión del resto de
los sentidos con la máxima concentración en el tacto para recibir todo lo que el otro cuerpo puede
ofrecer, para darle todo lo que puede recibir. Estas experiencias del sexo neutro, de la alienación y
de la deificación extrema,  ya no son ejecutadas por sujetos sino por cosas sensibles.
La sexualidad neutra podría ser asimilada también al masoquismo, por la voluntad de entregarse en
forma absoluta como cosa que siente, en la búsqueda de una relación en la cual sea posible
mantener siempre la excitación sexual, en ambos se quiere tener al otro en una relación durable,
garantizar una plena e infinita satisfacción, a través de procedimientos paradójicos. Comúnmente
esta exigencia no es satisfecha por utópica, ilusoria, debido a la incredulidad, al escepticismo
basado en la búsqueda del orgasmo, basado en la resignación ante la precariedad de las cosas
terrenas. El masoquista parte de esta respuesta aparentemente obvia a la solicitud de amor eterno
y de excitación sexual ilimitada; respuesta que no lo satisface pero frente a la cual se da por
vencido, su acción es producto de esta derrota, por esto acepta un dolor del cual extrae su placer,
siempre que pueda establecer un lazo con otro que acepte producírselo. La lógica de este lazo no
es sin embargo, neutra e impersonal, esta movida por la astucia de la subjetividad de alguien que
trata de anticiparse a lo que le da miedo, por eso se mueve entre la dignidad del mando y la bajeza
del sometimiento, su búsqueda de la excelencia  sin embargo, se conforma con poco, con un dolor
que le pospone su verdadera derrota. La sexualidad neutra no se mueve en este eje vertical del
poder a la abyección, de la divinidad a la animalidad, sino en el espacio abierto por la desaparición
del sujeto, por el devenir cosa sensible.


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