Monday, 23 April 2018 06:00

Meritocracia aberrante

Imposible, sin embargo real, in ”Metapolitica” (Mexico), num. 62,
noviembre-diciembre 2008

”La obra de arte más grande e imaginable en el mundo”; con esta expresión, el compositor Karlheinz Stockhausen ha comentado el eventomatriz que inaugura una nueva edad de milagros y traumas: los atentados del 11 de septiembre de 2001 (11-S) atribuidos a la organización islámica Al-Qaeda, dirigida por el millonario saudita Osama Bin Laden. La frase de Stockhausen señala, por un lado, el final de la comunicación entendida como provocación, cuyo modelo durante los años noventa del siglo XX estuvo representado por el arte y, por el otro, el ingreso a un nuevo tipo de comunicación, que se presenta como absolutamente seria y efectual al máximo, pese a seguir siendo como los otros tipos de comunicación que le han antecedido, insensata y trivial. De ello deriva la arrogancia comunicativa, una suerte de neodispositivo autoritario que anula el principio fundamental de la civilidad jurídica anglosajona: el habeas corpus, es decir, la facultad de cualquier ciudadano de conocer las causas de su captura, establecido desde la Magna Charta de 1215 y reafirmado solemnemente en el siglo XVII.
    Quien, para explicar lo que aparece como una increíble regresión de la civilidad occidental, ha recuperado y reelaborado el concepto de Estado de excepción inventado por el politólogo alemán Carl Schmitt, según el cual cualquier ley es suspendida cuando el Estado está amenazado, no ha entendido que lo esencial de la cuestión en la actualidad es comunicativo y metapolítico, no político en el sentido tradicional de la palabra: es decir, pertenece a un régimen de historicidad esencialmente diferente de aquel de la acción histórica, hacia el cual a la sociedad occidental le parece imposible regresar, no obstante el milagro y el trauma (según sea el punto de vista), de una guerra infinita con todos los destrozos, carnicerías, masacres y oprobios de cualquier tipo que ello conlleva. Con el 11-S no entramos en un Estado de excepción, antes bien, en un Estado de valoración arbitraria y tendenciosa, inicua y sectaria, que completa el trabajo de desreglamentación y desestabilización de la civilidad occidental construido en el 68 y continuado en las décadas posteriores. En otras palabras, para nada hemos salido del mundo fútil y efímero de la comunicación.
    Es ”imposible, sin embargo real” que pueblos notoriamente celosos de las libertades individuales, de la privacy, de los derechos del ciudadano y del hombre, de las singularidades y de los particularismos, se hayan transformado en muy poco tiempo en una masa de borregos, controlados, vigilados, espiados, monitoreados en todas sus actividades mediante una tecnología invasora y lesiva de la privacidad y de la delicadeza; tratados como malhechores y terroristas potenciales; asesinados en medios de transporte convertidos casi en carretas de bestias, frustrados, maleados y encanallados por la mala educación generalizada; vejados por una paquetería computacional que no contempla las excepciones; obligados a una vida programada en los mínimos detalles que elimina cualquier experiencia poética, que no deja espacio a la meditación y elaboración de las experiencias; sumergidos en un cúmulo de idioteces por una publicidad asfixiante.
    ¿Cómo ha sido posible todo ello?, ¿cómo ha sido posible que poblaciones con un altísimo nivel de instrucción, herederas de grandes tradiciones culturales, dotadas de un espíritu excesivamente crítico, incluso manifestado por una rebeldía sediciosa, que confunde la autoridad con autoritarismo, hayan aceptado servilmente el programa inaudito y contradictorio de una guerra infinita, reconocido como insensato por todos los que de auténticas guerras saben mucho?, ¿que todas las protestas en contra de la guerra infinita se han resuelto en amenos paseos colectivos con niños e incapacitados en sillas de ruedas, de cuya inutilidad y vacuidad todos los participantes, así como las fuerzas del orden, eran perfectamente conscientes? Si en las décadas anteriores ha sido posible hacer creer casi cualquier cosa, ahora es posible lamentarse por cualquier cosa. La comunicación ha cumplido un salto ulterior, 11lobando y recuperando también lo opuesto: el infinito, lo permanente, lo valorativo.
    Una vida que vale la pena ser vivida es la de la lucha por algo que va más allá de nuestra particular existencia, como la antigüedad clásica —no menos que la modernidad occidental— nos ha enseñado. Del 68 al día de hoy muchos han dedicado todo su tiempo y sus energías para mantener la existencia de un mundo común, que comprende —como dice Hannah Arendt— a los que han vivido antes que nosotros y los que vivirán después. De la existencia de un mundo común surge la posibilidad de una valoración, la cual es obviamente relativa y está siempre sujeta a cambios; sin embargo, presupone compartir un método que todos estamos obligados a respetar, de algunos principios lógicos fundamentales y la existencia de una entidad por valorar distinta a las otras. Aquellos han combatido obviamente el mundo de la comunicación, no sólo porque ésta es efímera e instantánea, sino también porque está organizada pretenciosamente para confundir todo con todo, sumergiendo todo conocimiento en un popurrí, en una ”noche en la cual todos los gatos son pardos” (según la famosa expresión de Hegel), así como anulando, en nombre de una concepción aberrante de la democracia y la igualdad, la posibilidad de algún tipo de excelencia, mérito, calidad. En efecto, el mundo de la comunicación se ha caracterizado hasta nuestros días por la actitud que el poeta italiano Giacomo Leopardi atribuía a los italianos de su tiempo (en las primeras décadas del siglo XIX), quienes no reconocían en nadie un mérito más alto que en otro. Por tanto, dice Leopardi, cada uno ”es poco más o menos igualmente honrado y deshonrado”, o como dice un proverbio romano: er più pulito c`ha la rogna (¡el más limpio tiene roña!).
    Al contrario, la educación, la cultura, el saber, el progreso material y moral se fundan sobre la idea de que no sólo todo ser humano es perfectible en cualquier momento de su vida, sino que este mejoramiento puede ser también transmitido a las generaciones futuras. Las personas que han combatido la comunicación han sido las víctimas del 68, del 79 y del 89. En efecto, ¿cómo podían imaginar que incluso la duración, el ”mañana aún mejor” y la valoración podrían ser absorbidos por la comunicación?, ¿que aun lo que es lo más importante de la vida, y que implica una lucha por la vida y por la muerte, se volviese un horizonte nuevo de la comunicación, con el cual se ha abierto el segundo milenio? En otras palabras, ¿que lo serio se volviese indistinguible de lo chusco, que la muerte no constituya más el parteaguas decisivo entre la acción histórica y la comunicación, que la idea de valoración fuese, por decirlo de alguna manera, ”revalorada” e impuesta según programas informáticos, proyectados según criterios incongruentes y que, sin embargo, se presentan como categorías y normas?
    Para afrontar el enigma de este último ”imposible, sin embargo real”, es necesario sobre todo entender el significado histórico del ataque a las Torres Gemelas del 11-S, el abismo entre su mínima relevancia desde el punto de vista de la acción militar y su inmanente importancia desde el punto de vista comunicativo. Como se sabe, el renacimiento islámico sunita tiene una larga historia que comienza en Egipto con el nacimiento de la ”Sociedad de los Hermanos Musulmanes” en 1928. En el interior de esta organización, han estado presentes distintas estrategias políticas. Para algunos el medio más eficaz para alcanzar el poder, eliminando a los demoniacos gobernantes de las ideologías occidentales, ha sido por mucho tiempo el golpe de Estado. El clamoroso asesinato del jefe del Estado egipcio Anwar al-Sadat durante una parada militar en 1981, representó la máxima realización de esta estrategia. A pesar del éxito de la acción, el régimen no cayó y a ella le siguió una feroz represión, de la cual surgió la figura del doctor Ayman al-Zawahiri quien devino líder de la ”Jihad islámica egipcia”, y que tuvo ocasión de encontrar al millonario saudita Osama Bin Laden. Según Lawrence Wright, autor de un muy documentado libro sobre el argumento, este encuentro, que se ubicaría hacia finales de los años ochenta, en la época del retiro de las tropas soviéticas de Afganistán, relacionaría dos personalidades profundamente distintas: el egipcio era un cirujano que hasta ese momento se preocupaba sobre todo por derrocar al gobierno de su país mediante una acción militar de tipo tradicional, mientras que el saudita, que se movía a su antojo en el mundo de las altas finanzas y había asimilado la mentalidad de la comunicación euro-americana, pensaba según una perspectiva global y tenía a su disposición un ejército de voluntarios internacionales, de dimensiones desconocidas, pero de fuerte impacto imaginativo. En otras palabras, se confrontaban dos distintos regímenes de historicidad: el tradicional de al-Zawahiri, centrado sobre la idea de la acción local eficaz, y el comunicativo de Bin Laden, centrado sobre el efecto global de un evento-matriz de dimensiones inauditas dirigido contra Estados Unidos. En el transcurso de los años noventa, según Lawrence Wright, la estrategia del egipcio se manifestó como causa perdida: su organización se fragmentó en bandas rabiosas y promovidas por los servicios secretos de Egipto y Sudán. Él mismo, después de muchas peregrinaciones en Europa y Asia bajo un nombre falso, terminó arrestado por los rusos en Chechenia y condenado a seis meses de prisión. Fue hasta 1998 que la Jihad egipcia y Al-Qaeda se unieron, y el médico egipcio, con los pocos secuaces que le habían quedado, decidió seguir la estrategia comunicativa planetaria de Bin Laden, la cual, como reveló Stockhausen, presenta más afinidad con el arte contemporáneo que con cualquier estrategia política conspirativa y revolucionaria.
    El ”imposible, sin embargo real” del 11-S resulta, no menos que los otros tres eventos-matrices que le han precedido (el Mayo francés de 1968, la revolución islámica de 1979, la caída del Muro de Berlín de 1989 y la consiguiente disolución de la Unión Soviética), algo esencialmente enigmático, milagroso y traumático, según los puntos de vista: los 19 actores suicidas de la operación no estaban desesperados ni exaltados; eran adultos cultos, acaudalados, con capacidades de coordinación excelentes, en los parámetros de las sociedades occidentales. De estos, 15 eran de nacionalidad saudita, dos de los Emiratos Árabes Unidos, uno egipcio (el líder de toda la operación, Mohammed Atta) y uno libanés. ¿Qué fue lo que pudo haber empujado a estas 19 personas a embarcarse en una empresa de la cual era absolutamente imposible salir con vida? La explicación más plausible es la frustración, común a muchos islámicos, entre la enorme riqueza acumulada a través de la explotación de los pozos petroleros y la total irrelevancia política de sus países. Pero esta explicación psicológica, que puede hacer suya Bin Laden, no basta para entender un acto cuyo sentido está enraizado profundamente en la sensibilidad occidental basada sobre la comunicación, en un régimen de historicidad que ha vuelto imposible la acción, en una mentalidad que ha destruido la tradición cultural europea. Hay algo paradójico e incomprensible en el hecho de que la tradición cultural del otro Occidente, el Islam, se alce contra el Occidente euro-americano, adoptando sus mismas armas mediante un proceso de rivalidad mimética que en apariencia es autodestructivo y en sustancia autoafirmativo.
    El regreso al régimen histórico de la acción queda impedido, pero la comunicación, para ser creíble, debe alejar de sí la sospecha de ser únicamente publicidad. Por lo tanto, está obligada a reintroducir la necesidad de una valoración, caminando en dirección opuesta a la desreglamentación de los años ochenta; naturalmente, los criterios de valoración no pueden ser aquellos del 68, considerados en términos filosóficos como ”metafísicos” y ”esencialistas”, ni pueden ser abiertamente autopromocionales y narcisistas. Es necesario reclamarse a algo que valga más que las vidas individuales; en esta nueva edad de la comunicación está la puesta en juego de la propia vida que hace eficaz la comunicación. Regresa bajo la forma aberrante de la necesidad de una ”lucha por la vida y por la muerte”, que, para Hegel, constituía la base del reconocimiento y la relación entre el amo y el esclavo. Pero esta vez la lucha no es, como en Hegel, por la condición de la acción histórica seria y efectiva, ya que las cartas están trucadas. Los criterios de valoración son arbitrarios y muchas veces no públicos, los evaluadores son secretos y las pruebas contrahechas. Lo que más valor tiene en la vida no es eso que puede ser transmitido a las generaciones futuras, ya que el régimen histórico es el mismo: estamos siempre en el cuadro del ”efecto que actúa”, no en sus premisas, ni en sus consecuencias. La respuesta que Estados Unidos ha dado al 11-S se encuentra sobre el mismo plano comunicativo del ataque a las Torres Gemelas, pero presenta un paralelismo invertido respecto de la estrategia de Bin Laden: es en la pertenencia autoafirmativa y en la sustancia autodestructiva. Ella se dirige más contra los propios ciudadanos que contra los enemigos, con los cuales mantiene una especie de secreta complicidad, ya que tiene necesidad de que continúen existiendo. Por ello escoge objetivos que nada tienen que ver con Al-Qaeda, como Irak de Saddam Hussein, inaugurando un belicismo desenfrenado e insólito que no se dirige hacia una efectiva victoria militar, concebida en los términos clásicos, sino únicamente para obtener resultados comunicativos de igual modo milagrosos y traumáticos: poner, gracias a la ayuda de las tecnologías de la información, a todos los habitantes del mundo bajo la propia vigilancia y valoración.
    Así, se enfrentan dos estrategias comunicativas de ambiciones desenfrenadas, que están sobre la misma frecuencia del 68 y realizan el eslogan de aquella época: ”seamos realistas, pidamos lo imposible”. Entre el 68 y hoy existe todavía una diferencia: el 68 se presentaba como una ruptura, caracterizada por una fortísima carga polémica en contra del pasado, y de la cual negaba no sólo los valores, sino la misma idea de valorización que, a su vez, estaba sellada con el término entonces considerado en modo despreciativo de ”meritocracia”. En cambio, ahora se nos expropia con un ultraje desconsiderado de la idea de valorización y de meritocracia, haciendo un uso aberrante por el cual es suficiente ser un asesino suicida para volverse mártir, o bien entender el funcionamiento del logaritmo de los motores de búsqueda para ser digno de pasar a la posteridad. En el primer caso, el nudo hecho toma el lugar de la larga experiencia en la cual se madura el punto de llegada del martirio: en el atentado suicida el milagro y el trauma combaten perfectamente el uno con el otro, pero ello no tiene ya nada que ver con el claustro de los sabios que, una larga tradición, parangonaba a la shahāda. En el segundo caso, se establecen clasificaciones y cánones demenciales, hábilmente manipulados que, a través de la introducción de toda una serie de viejas palabras rehabilitadas pero adoptadas en modo tendencioso e inicuo, como reputation, authority, pertinency, relevance, rank, impact, scrutiny, etcétera, pueden ser etiquetadas y valoradas por todos los habitantes del globo en todos los aspectos de su vida cotidiana, económica, recreativa, turística, intelectual, espiritual e, incluso, íntima. Si no existiese Bin Laden sería necesario inventarlo, para que todos aceptasen servilmente, sin la mínima protesta, la seguridad de ser registrados y detenidos de modo incuestionable. En realidad, Bin Laden forma parte del mismo mundo de la comunicación euro-americana que dice combatir. Y ello en virtud de que la arrogancia comunicativa y el despotismo tecnológico provocan un extraño efecto: la desaparición del opuesto, el diferente, el otro y la dificultad de encontrar instrumentos conceptuales (antes que políticos) para oponerse a una situación de opresión en la cual estamos atrapados y de la cual nos sentimos al mismo tiempo cómplices; si no es así, ¿para qué usar, como en la época de la decadencia del Imperio romano, tropas mercenarias (con la excepción de gran relevancia del Estado de Israel)?
    Sin embargo, más allá del mártir islámico o del ciudadano israelita, que creen generalmente vivir aún en la época de la acción, el auténtico protagonista de nuestra época es el periodista de investigación, ya que sabe perfectamente poner en peligro su vida por alguna cosa fútil. Con él, la comunicación encierra a su contrario, se vuelve una metacomunicación, compite con el despotismo tecnológico adoptando sus mismas armas, está en perfecta consonancia con el mundo del simulacro, es decir, con el pasaje de lo verdadero a lo falso, de lo bueno a lo malo, de lo bello a lo feo, de lo magnífico a lo abyecto. En las tres formas precedentes de comunicación existía algo que quedaba fuera: en los años sesenta era el prestigio del pasado, en los años ochenta era la alteridad de la diferencia, en los noventa la cripta inatendible de un luto que no puede ser elaborado. En cambio, en la actualidad la comunicación ha logrado apropiarse de todos estos enemigos suyos: ha superado de un golpe la última frontera y puede hablar en nombre del prestigio, de la alteridad y el luto. El 11-S y el despotismo tecnológico se sostienen el uno al otro y hablan en nombre de algo que va más allá de la vida de todos nosotros: el presente finalmente ha logrado la apropiación, incluso, del pasado y del futuro, quitándoles su trascendencia y transportándolos sobre la tierra. Tendrá lugar en modo decisivo y subrepticio el proyecto de Marx, que quería poner a caminar nuevamente con los pies sobre la tierra a la dialéctica que Hegel hacía caminar con los pies en el aire. Sin embargo, al mismo tiempo dicha comunicación pretende gozar de las mismas prerrogativas otorgadas a sus enemigos, frente a los cuales se presenta como el heredero natural, amamantándose de una solemnidad que no le compete, sino que se impone con la fuerza de los hechos. Lo real coincide con lo racional, el trauma con el milagro, la ”verdad efectual de las cosas” con ”repúblicas y principados que jamás han tenido lugar ni se han conocido verdaderamente”, el ”cómo se vive” con el ”cómo se debería vivir”, para emplear las palabras del capítulo XV del Príncipe de Maquiavelo. De este modo se vuelven visibles, al mismo tiempo, tanto el realismo como el idealismo políticos, ya que ambos llegan a la misma conclusión en cuanto reconocen la distancia entre el ser y el deber ser, a pesar de que extraigan deducciones opuestas. La comunicación pretende hacer creer, con la violencia incontrovertible de los hechos, que no existen alternativas a los atentados suicidas y al control universal. El discurso de la comunicación en esta última fase de su desarrollo suena para los islámicos como sigue: la ”resurrección” islámica no pasa a través de los golpes de Estado, las organizaciones asistenciales, la guerra tradicional y las conspiraciones, sino a través del ”imposible, sin embargo real” que hizo caer en pocos minutos el símbolo del poder norteamericano la mañana del 11-S. A las sociedades euro-americanas, en cambio, la comunicación les reserva un discurso complementario con relación al anterior: la ”seguridad” de Occidente ya no puede ser garantizada por el derecho internacional, las Naciones Unidas, el pacifismo o los derechos del hombre, sino por el ”imposible, sin embargo real” del control capilar y total del planeta, asegurado por las nuevas tecnologías informáticas.
Traducción del italiano de Israel Covarrubias.
 
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